Que vuelva puñeta

No sé en qué momento se fue. Ni cómo. Ni por qué. Solo sé que un día me desperté y ya no estaba. Lo busqué en las calles, en las risas, en los ojos de la gente, en los domingos, en los amaneceres... y nada. Desapareció sin hacer ruido, pero el hueco que dejó hace eco todavía.

Y mira que uno se acostumbra a muchas cosas. Al frío, al silencio, al desencanto. Pero hay ausencias que no se dejan domesticar. Hay cosas que, por más que el tiempo se estire, uno no puede soltar. Porque eran parte del alma, porque eran fuego y raíz. Porque sin eso no se entiende la vida.

Eso. Lo que nos hacía vibrar. Lo que nos movía desde adentro. Lo que era real, auténtico, sin filtros ni pose. Lo que se decía sin miedo, lo que se vivía sin pedir permiso. La palabra. El gesto. La manera de estar en el mundo.

Y por eso grito:
¡Que vuelva, puñeta, ya!

Porque ya está bueno de fingir que no duele.
Ya está bueno de aceptar que “así es la cosa”.
No. Así no era. Así no debe ser.

Que vuelva el coraje, la alegría sin condiciones, la rabia bien dirigida, la pasión sin censura. Que vuelva lo que nos hacía sentir vivos, despiertos, juntos.

No pido permiso. No pido disculpas. Lo exijo.

Que vuelva, puñeta, ya.

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